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Si tuviera que quedarme con la imagen de un automóvil, ese sería para mí, sin ninguna duda, un Seat 1500, ya que ese es el modelo de coche que más recuerdos lleva aparejados en mi memoria.
Quizás sea porque este vehículo me ha acompañado a lo largo de muchos momentos de mi vida. No en vano, el primer viaje que realice en coche, de la Clínica de Maternidad del Doctor Sala de Pablo de Soria a mi futuro hogar lo realicé en el Seat 1400 C que por aquel entonces poseía mi abuelo paterno, Celedonio Martínez.
El Seat 1500, en forma de uno blanco matrícula M-457715 correspondiente a 1965, llegó a mi familia un poco después que yo mismo, en junio de 1978. Aquella línea era ya muy conocida en casa porque su antecesor había sido el ya citado Seat 1400 C, verde y matrícula de Madrid, que mi abuelo había recibido negro y muy deteriorado en el verano de 1973, para darle un color más alegre e instalarle el motor, más potente, de un Seat 1500. Además, debido a su ocupación profesional como conductor de ambulancia, los afilados perfiles del Seat 1500 ya le eran muy conocidos, primero en una ambulancia monofaro y, posteriormente, en una bifaro, sustitutas a su vez de un Seat 1400 y de una veteranísima ambulancia Ford A, superviviente de los duros años de posguerra.
La visita a aquella antigua cochera de la Jefatura Provincial de Sanidad de Soria, situada en la Calle Venerable Carabantes, en un antiguo edificio ya desaparecido, era una de mis ocupaciones favoritas a la salida del colegio. Aquel enorme garaje lleno de repuestos y de los más diversos artilugios parecía a mis ojos infantiles como los desvanes mágicos de los cuentos que mi abuela materna Dominica me leía con devoción todas las tardes. Mientras mi abuelo repasaba los coches, ya con unas cuantas vueltas de cuentakilómetros a sus espaldas, con infinita paciencia y cuidado, yo curioseaba, le veía trabajar o, simplemente, me sentaba al volante de alguna de las relucientes ambulancias, a imaginar como sería conducir aquellos automóviles.
No es de extrañar, por lo tanto, que las primeras imágenes que yo recuerde de alguien conduciendo lo sean de mi abuelo Celedonio manejando aquella extraña palanca de cambios al volante, que yo echaba en falta en coches, más modernos y frecuentes que el Seat 1500 a comienzos de los años ochenta, como eran el Seat 124 o el Renault 12. Pero, como fuere que mi abuelo estaba ya muy acostumbrado a aquellos Seat ya veteranos, tras muchos años de dura brega laboral con ellos, no parecía muy proclive a cambiar su 1500, por otro lado impecable ya que su primera dueña había sido una acomodada marquesa de Madrid, pese a la insistencia de algunos miembros de la familia y de sus amigos, menos conservadores que él y que disfrutaban entonces de modelos Seat 1430, Seat 131 o algún, supermoderno en aquel momento, Renault 18.
Ese apego de mi abuelo al Seat 1500 permitió que aquel vehículo fuese el coche de mi infancia y me trasladase a excursiones al Monte Valonsadero con los compañeros del colegio, a inolvidables tardes de pesca en el soto de Garray, a mis primeros viajes largos por aquellas carreteras, previas a la reforma viaria, llenas de curvas y de puertos interminables como el de Piqueras, a tardes de campo compartidas entre cuatro generaciones de la familia en el que la capacidad de carga de aquel vehículo se ponía a dura prueba y, sobre todo, me descubriese un placer que me ha acompañado hasta hoy, el de las excursiones dominicales por recoletos rincones de la provincia de Soria, lugares con nombres que para mi mente infantil estaban llenos de resonancias míticas: Oncala, el Amogable, Rello, Magaña, Yanguas…
No es de extrañar que, visto mi creciente afecto por el coche, mi abuelo Celedonio me permitiese que, sentado sobre sus rodillas, llevase alguna vez el volante de su haiga en la larga pista del aeródromo “Numancia” del Aeroclub Águila Soriana en Garray donde, dada su amplitud, era imposible chocar con nada ni con nadie.
Poco a poco, los años fueron pasando, pero el Seat 1500 siguió desempañando fielmente su papel hasta el fallecimiento de mi abuelo en 1993. El coche, para entonces, no tenía ningún mercado de segunda mano y todo el mundo lo contemplaba como un trasto viejo únicamente susceptible de convertirse en chatarra. Pese a esto, mi familia, consciente del papel sentimental que aquel automóvil había desempeñado en la vida de todos nosotros, intento buscarle un destino mejor, poniéndose en contacto con el mecánico de Talleres Urbión que efectuaba las reparaciones que mi abuelo, conductor y mecánico desde 1934, no podía afrontar por falta de utillaje o espacio. La casualidad, o la suerte, quisieron que, unos meses atrás hubiese pasado por allí un excéntrico agente de seguros preguntando si alguien vendía un Seat 1500. Finalmente, él sería el comprador del coche y su salvador frente a un destino incierto.
Así, con la venta ya cerrada, me ocupe de vaciar el coche y de dejarlo listo para entregárselo a su nuevo propietario. Fue esta una experiencia dolorosa y desgarradora, de esas que te avisan de que la inconsciencia de la infancia y la primera adolescencia no van a durar para siempre y de que la vida, con toda su dureza y esplendor, esta ya llamando a la puerta.
Privado del entrañable Seat, mi cariño por él se fue transformando en afición por los coches antiguos, uno de los temas preferidos de conversación de mi abuelo, y por los clásicos y en recopilación de material, documentación y fotografías de clásicos Seat y de vehículos clásicos y antiguos. Esta era una afición poco frecuente entre mis compañeros de instituto, que a todos parecía particular y sorprendente, pero que, aún así, tuve ocasión de compartir con mis amigos más cercanos, alguno de los cuales, como Sergio Mateos, se ha convertido en fiel seguidor del club y compañero insustituible de afición.
Las cosas siguieron más o menos así durante los estudios universitarios y, mientras la cantidad de libros, recortes y materiales sobre el Seat 1500 y los coches clásicos y antiguos siguió aumentando, mi afición, en consonancia con la edad, se hizo más reposada y profunda. La casualidad, o quizás de nuevo el destino, quiso que las cosas cambiasen en octubre de 1999.
Durante las fiestas de san Saturio, en octubre de ese año, coincidí con un antiguo compañero y amigo de instituto que ya vivía fuera de Soria pero que, como tantos paisanos, había regresado a Soria para disfrutar de las fiestas. Él, Diego Benito, tenía ganas de verme porque aquellos días se había acordado de mí, porque un familiar retirado, hermano de un tío suyo, le había mostrado un Seat 1500 que acababa de restaurar, sí precisamente ese modelo que yo llevaba en la carpeta en los años de estudiante. La natural curiosidad me llevó a preguntarle por el color, la versión y, finalmente, por la matrícula. “No recuerdo, un cuatrocientos y pico mil de Madrid, creo”, fue su respuesta. Como el sexto sentido suele ir por delante del resto, en un momento una idea se ilumino en mi cabeza, ¿no sería aquel el coche de mi abuelo? Con la dirección profesional de aquel hermano de su tío en el bolsillo me presente en su oficina y la última pieza cuadró; era una agencia de seguros.
El agente, Carmelo García, me recibió muy amable y un tanto sorprendido. Efectivamente, él era el propietario del Seat 1500 M-457715 que, tras varios años de almacenaje, acababa de restaurar y poner en funcionamiento. Con mucho gusto me lo enseñaría al día siguiente. Con infinita impaciencia acudí al día siguiente de nuevo a su oficina y, por fin, llego el ansiado momento. Allí estaba el coche, tal y como lo recordaba tras no verlo en seis largos años, eso sí, más rejuvenecido y espectacular tras pasar por un repaso de chapa y pintura.
Carmelo, visto el efecto que en mi produjo el ver el coche, se ofreció a darme una vuelta cuando quisiera. Yo, lógicamente, acepte de inmediato el ofrecimiento y, entre vueltas, intercambios de fotos y de asesoramientos técnicos, revistas de coches, fuimos haciéndonos buenos amigos. Poco a poco, volvimos a recorrer en ese mismo coche las carreteras por las que yo había transitado en mi infancia y volvimos al Amogable, a Oncala, a Rello…
Cuando el coche estuvo totalmente terminado y probado, pareció llegado el momento de disfrutarlo a tope y para ello, era lógico afiliarse a la Asociación Española de Amigos del Seat 1500, por aquel entonces casi recién constituida. Así lo hicimos, pero, en vista de que no se organizaba ninguna actividad y de nuestra impaciencia por disfrutar del coche y de entrar en contacto con otras personas que compartiesen nuestra misma pasión, Carmelo y yo nos lanzamos a organizar un concentración en Soria que se celebraría en junio de 2000, pero que finalmente se llevó a cabo en el mes de septiembre.
La víspera de la concentración, presas del nerviosismo y la excitación, aguardábamos la llegada de más coches, con la pregunta de si sus propietarios estarían tan locos por el modelo como nosotros. La respuesta no se hizo esperar. Al día siguiente vimos comenzar a desfilar unos coches y unas personas que, desde aquel momento, y a lo largo de ocho largos años se han convertido en nuestros amigos y en parte integrante de nuestras vidas.
Visto el éxito de la concentración de Soria y debido a la voluntad del primer presidente del Club, el asturiano José Miguel Coedo, de abandonar su cargo, a nosotros se nos ofreció esa responsabilidad. Como en la concentración habíamos comprobado que formábamos un tanden de trabajo que se complementaba muy bien, tras algunas dudas iniciales, decidimos aceptar el reto y, tras las preceptivas elecciones, asumimos la responsabilidad de ser Presidente y Tesorero del Club Seat 1500 a comienzos del ejercicio 2001, entrando así en una espiral en la que todavía nos encontramos.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, aparte del Seat 1500 M-457715, que tan atentamente restauró Carmelo cuando sólo tenía un valor sentimental, ahora disponemos de otro casi idéntico M-599570 y, entre ambos, formamos una mini escudería siempre dispuesta y aparejada para disfrutar de una afición que, por encima de todas las cosas, te enriquece y te permite hacer amigos.
Tarea imposible es resumir las satisfacciones, sensaciones y vivencias que la gestión del Club y la organización o supervisión de las más de treinta salidas que llevamos a las espaldas desde 2001 nos ha producido. Quizás podría intentarse definiéndolo como trabajo duro recompensado con momentos de buen humor, de camaradería y de inmenso disfrute, siempre arropados por el cariño de unas personas entrañables que, como temíamos, se parecen mucho a nosotros. También pueden repasarse estos años como una sucesión de imágenes que ya empiezan a mezclarse y desordenarse (evitarlo es una de las finalidades de este libro): la Alcarria, Santiago de Compostela, Valencia, Covadonga, Zaratán, Extremadura, los Pirineos…., y en todas ellos nuestros históricos y entrañables Seat 1500.
Tras estos años, la ilusión se mantiene como el primer día, aunque muchas cosas han cambiando. Hemos crecido en número y en calidad, las personas que asisten a las concentraciones se han ido renovando paulatinamente por diversos avatares y ciclos de la vida, salvo un núcleo irreductible que ha asistido a todas las actividades desde el principio. Pero, una cosa se mantiene y se destaca sobre todas las demás la amistad y camaradería que, con la excusa del automovilismo clásico, se ha forjado con muchas personas extraordinarias.
De entre todas ellas, me permito destacar la que me une con los incansables amigos Carmelo y Reyes, salvadores del vehículo de mi infancia y entrañables compañeros de todos estos satisfactorios y enriquecedores avatares.
Sin duda, el Seat 1500 ha sido para mí una pasión individual y una pasión compartida.
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