Nieto del fundador de Fiat, Giovanni Gianni
Agnelli hizo que el Grupo Fiat se convirtiera en una cuestión
de estado para la República Italiana. Esto motivó que se le
viera como una especie de rey sin corona cuyos movimientos
desencadenaron siempre, hasta su
fallecimiento el pasado viernes a los 81 años de
edad, auténticas tormentas económicas, sociales y políticas.
Enfermo de cáncer de próstata, no por ello dejó de
preocuparse por los avatares de la división automovilística de
su empresa, ni abandonó su pasión por el fútbol –fue
presidente de la Juventus de Turín– y el automovilismo –él fue
el artífice de la adquisición de Ferrari y disfrutó hasta el
último momento de los éxitos de la Scudería y de sus pilotos.
Nombrado vicepresidente de Fiat en 1946, desde entonces fue
protagonista de los éxitos y de los fracasos de sus marcas:
Fiat, Lancia y Alfa Romeo.
Especializada desde su fundación en la fabricación de
coches pequeños destinados a convertirse en vehículos
populares al alcance de todos los bolsillos, tras la Segunda
Guerra Mundial se encontraba sumida en una situación difícil,
sin capacidad de producción y con unos coches muy antiguos. A
eso se unió la muerte, en 1945, de Giovanni Agnelli, su
fundador.
De todos modos, el nombramiento de Vittorio Valletta, un
hombre muy emprendedor, como presidente auguraba un cambio
positivo de dirección en el negocio, sobre todo con la ayuda
de un joven de la familia Agnelli, también de nombre Giovanni
y nieto del fundador.
Tenía 25 años cuando fue nombrado vicepresidente de la
compañía en 1946 tras doctorarse en Derecho. Admirador y mano
derecha de Valletta, Gianni, apodo por el que era conocido,
emprendió una gran cruzada para convertir a Fiat en una marca
de importancia mundial, basándola en la creación de coches
populares y atractivos y en la internacionalización de su
negocio.
Así, se asoció con el Instituto Nacional de Industria
español para fundar al marca Seat, correa de transmisión para
la motorización de una España en la que apenas habían coches.
Modelos como el 500, el 600, el 1400 y el 1500 se hicieron
famosos tanto en nuestro país como en Italia, unas veces por
su economía, y otras por su atractivo diseño. Pero eso no
bastaba. Había que buscar mercados con mayor futuro. De su
mano, Fiat entró en uno de los países que, por su enorme
población y por la debilidad de su industria podía recibir a
la marca italiana con los brazos abiertos, la Unión Soviética.
Allí formó una empresa mixta con Lada para fabricar el 124, un
modelo que ya gozaba de gran éxito en Europa.
A partir de ese momento, la capacidad de diseño y de
desarrollo tecnológico de Fiat conoció los mejores momentos de
su historia. Llegó el momento de arriesgarse a producir coches
de mayor tamaño, como el 132 y el 130, y a sacar a la luz
interesantes modelos deportivos, unos de nuevo cuño y otros
basados en coches ya existentes (124 Coupé y Spider), algunos
dejados en manos de diseñadores como Pininfarina o Bertone que
dibujaron para ellos bellas carrocerías.
Cuando en 1966 fue nombrado presidente de Fiat, Giovanni
Agnelli ya casi había cumplido todo lo que se había propuesto.
Contaba con una interesante y variada gama de automóviles y
había convertido a su empresa en una auténtica multinacional.
Fue una época de bonanza que permitió llevar a cabo acciones
aún más importantes.
Apasionado del automovilismo, Agnelli miraba con envidia a
Ferrari, el constructor modenés de coches deportivos, y ya en
1966 dio la orden de hacer un coche en colaboración con él, ya
que utilizaba un motor basado en un propulsor de competición
de Ferrari. Era un descapotable diseñado por Pininfarina que
incluso llevaba el nombre del hijo fallecido de Enzo Ferrari:
Dino.
Cuando las cosas empezaron a ponerse feas en la indutria
italiana deautomoción salvó a Alfa Romeo y a Lancia,
incluyéndolas en el Grupo Fiat, y tras la muerte de Enzo
Ferrari adquirió su empresa. Así logró reunir en su compañía
todo tipo de coches: utilitarios, de lujo y deportivos.